Al hacerse escaso el oro que había en Boriquén, los españoles se dirigieron al continente en busca de otros tesoros. En nuestra isla permanecieron aquellos visionarios que supieron imaginar cañaverales sin fin y el oro melado destilando dulce, abundante y pegajoso de sus picas doradas.Puerto Rico fue hacienda de caña de azucarera gran parte de su historia. Cada año, canutos de caña eran hincados con pasión en la tierra generosa, preñándola de caña fina. La abonaron la sangre y el sudor de los indios, de los negros, de los blancos, y de esa extraña amalgama de tres continentes, de esos dolores y de esas lágrimas brotó la pureza y la dulzura hecha flor de azúcar alba.Poco va quedando en Puerto Rico como testimonio de esa época rica en esperanzas y sufrimientos. Los cañaverales se fueron reduciendo al ceder sus terrenos a los poblados; y las haciendas azucareras símbolos y ejes de una época singular, han ido cayendo vencidas por el cambio que trae el tiempo. Antes que sea demasiado tarde hay que rescatar del olvido y de la rutina irreversible ese pasado tan nuestro, y permitir que las generaciones actuales y las que le sigan, puedan revivirlo y conocerlo en su esplendor y también en sus miserias. En Sabana Grande, enclavada en plena zona urbana - lo que lo hace aún más extraordinaria - está la Hacienda San Francisco, una hacienda azucarera del siglo XIX que transpira romance. Desde que uno traspasa los portones de su entrada se penetra en otro tiempo, se oyen otras voces, se aventan otras llamas y otros sueños. Quien haya estado en la Hacienda San Francisco, una de las más encantadoras del área oeste, no puede resistir el sortilegio que permean esas vetustas estructuras ni dejar de imaginar que en cualquier recodo va a salirle al paso algún personaje anacrónico.San Francisco ha recogido a través de su historia todos los ingredientes y todo el magnetismo de las grandes estructuras de época - mitad historia mitad leyenda - con su cuota de grandeza, de romance, de aventura, de ironía, de dolor, de intriga y también de verguenza. Anteriormente conocida como Buena Vista, aún mantiene intacta la atmósfera de una hacienda azucarera puertorriqueña del siglo XIX. Rodeada de cañaverales y pasturas, ha conservado a través de su aspecto, diseño y carácter, la integridad del lugar y el sentido de destino original. Es en la actualidad una de las haciendas azucareras mejor conservadas en el suroeste de Puerto Rico. Eso es tan cierto que recientemente fue incluída en el Registro Nacional de Lugares Históricos de los Estados Unidos. A pesar de que ya no se elabora el azúcar en San Francisco, como se hacía anteriormente, todavia se cultiva caña en sus campos y se mantiene como hogar de los descendientes de Quilichini, uno de sus primeros dueños. Agréguese a lo anterior que también conserva casi la totalidad de la maquinaria del ingenio y se podrá comprender fácilmente su valor antropológico e histórico.En 1871, la antigua Hacienda Buena Vista cambió su nombre y maquinaria movida por fuerza animal para convertirse en la Hacienda San Francisco, un ingenio operado a vapor. San Francisco es un buen ejemplo de esas haciendas que imposibilitadas de volverse completamente mecanizadas, trataron de mejorar la producción haciéndolo parcialmente. Fue un modo creativo y urgente de tratar de sobrevivir un tiempo donde se calcula que de 553 haciendas que existían en 1870 quedaron sólo 325 en 1880. La Hacienda San Francisco está compuesta de una estructura de mampostería con una chimenea para molino de vapor, un cuarto de purga y almacenaje, la casa del dueño, una cocina exterior y estructuras menores. Cercanas a la entrada principal hay una hilera de casas donde habitaban los trabajadores que se ocupaban del cultivo de la caña y daban servicio a la hacienda.Se dice que aún hay restos de estructuras anteriores, probablemente ruinas de las viviendas de los esclavos y del trapiche original. A todas ellas se las han ido tragando los cañaverales, quienes ahora son sus verdaderos dueños.Si bien la Hacienda Coto en San Germán tuvo el primer molino de vapor en la parte oeste de la Isla, San Francisco tiene el edificio de máquinas mejor conservado en Puerto Rico. Este es una estructura de mampostería que mide 125 x 50 x 25", con varias puertas de madera, ventanas y un techo de zinc corrugado. Actualmente el techo se ha derrumbado parcialmente y necesita reparación inmediata para prevenir que la maquinaria y la estructura continúen deteriorándose. Ya con anterioridad, en 1979, el Dr. Luis Pumarada O'Neill, quien es arqueólogo industrial, documentó y destacó la importancia de la maquinaria y de la estructura. La mayor parte de la maquinaria original de la hacienda fue destruida en un fuego en 1920, pero aún permanece parte de la instalación permanece en pie. En 1938, la Puerto Rico Iron Works instaló equipo más moderno para producir el almíbar para pancakes "Hacienda", que tuvo gran aceptación para entonces. En 1942, sin embargo, el ingenio cerró sus puertas. Actualmente está en espera de conseguir recursos económicos para darle vida nuevamente como Museo de la Caña, para uso y solaz de todo Puerto Rico. La casa que ha sido habitada por los sucesivos dueños de la hacienda, a pocos pasos del ingenio, aunque ha sufrido algunas alteraciones mantiene sus características originales. Al igual que otras casas de haciendas azucareras, es un edificio de dos plantas; el primero construido en mampostería para la maquinaria, el molino de vapor, y el cuarto de purga y almacenaje; y el segundo en madera para vivienda de la familia. En su interior mantiene su "mediopunto" original y también parte del precioso mobiliario de la época. La cocina exterior, reconstruida siguiendo el modelo primigenio, mantiene todavía su horno de leña original. Estas estructuras permanecen como testigos elocuentes de las condiciones de trabajo y estilos de vida de las haciendas puertorriqueñas del siglo XIX, donde esclavos y luego jornaleros libres trabajaron los campos para producir el azúcar moscabado.Varios propietarios anteriores de San Francisco tuvieron también poder económico y político en la sociedad de Sabana Grande. Manuel Rodríguez Soto, su dueño en 1871, fue alcalde de Sabana Grande por cinco años, desde 1881 hasta 1886. La propiedad fue comprada más tarde por Jacques Quilinchini Peretti, un inmigrante corso conocido en Puerto Rico como Santiago, quien vino a la Isla alrededor de 1871 y trabajó como maestro de matemáticas en Maricao. Más tarde se hizo hacendado en San Germán y compró San Francisco en la vecina Sabana Grande. Para 1898, como dueño de San Francisco, fue anfitrión de las tropas invasoras americanas en camino de conquistar la parte oeste de la Isla. Un hijo suyo, Vicente Quilichini, fue alcalde de Sabana Grande desde 1920 hasta 1931. La viuda e hijas del fallecido Hamílcar Rodríguez Quilichini continúan la tradición familiar de vivir en la Hacienda San Francisco, y sus campos todavía están produciendo caña de azúcar que es procesada en un molino de Ponce.Hoy día imaginamos con entusiasmo la antigua estructura del ingenio convertida en Museo de la Caña, uno de los sueños más queridos de su último dueño don Hamílcar Rodríguez Quilichini. E imaginamos también el revoloteo de los escolares entre sus máquinas, y la curiosidad y el asombro de turistas locales y extranjeros al ir descubriendo los secretos de un pasado fascinante de claroscuros sociales, económicos y políticos.Doña Iraida Muñoz McCormick Vda. de Rodríguez Quilichini, y sus dos hijas Iraida Mercedes y Blanca Marie, están empeñadas en hacerlo realidad en su nombre y en beneficio de todo Puerto Rico. Un país que se precie de ilustrado y orgulloso de sus raíces, un país que pretenda atraer al turismo interno y externo no se puede permitir la negligencia de prescindir de museos - marcadores claros de un progreso integral, sensible y cuidadoso - menos aún de un museo que recoja el modus vivendi de la Isla por casi cinco siglos.Ayudemos generosamente a estas tres damas esforzadas y vanguardistas para que su hermoso sueño, que también debiera ser nuestro, se haga realidad.
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