CERCA DEL TABONUCO
 Por: Hon. Presby Santiago García **Como aquél viernes al caer la tarde, el domingo 26 de enero (1992), más o menos a la misma hora, en el camposanto de Sabana Grande, volvimos a sembrar. Y lo hicimos cerca de "mi viejo" y del tabonuco. Era semilla de la misma clase. Semilla buena. Orlando (Lando) López Martínez.Todo sucedió muy rápido desde su ingreso al hospital. "Me voy mañana", escribió en una pequeña libreta el jueves antes. Hablaba con dificultad. Y así fue. Se marchó tempranito en la mañana del viernes 24. En paz. Hacia la eternidad. Se corrió la noticia y poco tiempo después había lágrimas en muchos ojos.El viernes y el sábado le vimos dormir y lo arropamos con flores. El domingo apretujados dentro de la Casa Alcaldía que dirigió por 24 años, observábamos el interminable desfile de gente de todas clases y de todos los pueblos. Tocaban sus manos, su pelo, besaban su frente o delicadamente dejaban una flor sobre su pecho. Era la primera vez que él no podía contestar el saludo. Una pequeña niña se detuvo y preguntó: ¿"Qué le pasa"? "Está durmiendo", le contestó Ana, su viuda. "Pues despiértalo", reaccionó la niñita con visible inocencia y se alejó mostrando una ingenua esperanza.Anticipando la respuesta pregunté en voz baja: ¿"Por qué esta multitud"? "Por el carisma que tenía para ganarse la gente", me contestó sin titubear Agustín el carpintero, personaje de mi infancia que conocí a los cinco años cuando construía el comedor de la escuela elemental de mi barrio, La Pica, y quien me regaló los primeros pedazos de madera para construir mis carritos. Por un cuarto de siglo fue ese comedor fuente de vida y alegrías para mi madre. Hace varios años lo cerraron. Era más económico llevar los niños a la escuela del pueblo."Ese era el padre de la decencia", añadió una señora a quien presté momentáneamente mi hombro tratando inútilmente de consolarla.Y salimos al fin para su iglesia. No cabíamos en ella y el gentío seguía creciendo."No, en el carrito no, queremos cargarlo, pa'l cielo es que va, que lo cargue todo el pueblo", sugirió más nervioso que de costumbre Armandito Torres, su entrañable amigo, al bajar de la Logia Masónica ya pasadas las 3:00 de la tarde. Y así, más cerca del cielo fue cargado en hombros, lenta y solemnemente hasta el lugar seleccionado para la siembra.No queríamos llegar. Pero el paso lento nos permitio volver 40 años atrás para verlo manejando los camiones de su padre cargados de piedra y en día de elecciones en el lugar de la piedra, electores y esperanzas. Le recordé en el corte de caña allá en la finca familiar que atravesaba el Callejón de los López desde frente de la entrada de don Sindo Vélez y doña Ramona Lebrón hasta llegar a su casa. Reviví la promesa de Reyes que todos los años pagaba don Liborio y doña Margarita, sus padres, y para la que mi abuela Chencho era responsable de las almojábanas y el arroz con dulce. Regresé a la jugada de topos en la tiendita de don Lole para encontrarme allí con Aniceto el Pelú, montado en su yegua y vendiendo chicharrones. Y a la tienda de Lando en la carretera hacia Cerro Gordo, punto de tertulia política y centro de compra de tamarindos a tres centavos la libra (pelaos) y que tuvo que abandonar porque "voy a ser alcalde y quiero dedicarme a mi pueblo". Y cumplió su palabra más allá de la palabra.Durante esos 24 años sin ser retado nunca, como resumió Papín, los campos se luminaron, los caminos se hicieron carreteras, el agua llegó a la montaña y dio parcelas y abrió escuelas y repartió alegría y bondad y borró diferencias... y hubo paz.Entre miles y miles de agradecidos y voces que lo llamaban "Lando, adiós, Lando", vino a mi memoria el entierro de Muñoz, y el camino se fue terminando. Juan del Pueblo, el negrito de Magina, lo lloró a su manera. En algún lugar dejó su bicicleta y durante todo el trayecto tocaba su sinfonía de boca dejando escuchar unas extrañas melodías que posiblemente sólo existen en su fantasía musical y que fueron empujadas hacia afuera por el dolor. Le vi regresar solo, con su sinfonía muda y en la otra mano un pañuelo que alguna vez debió haber sido blanco. Fifi, ese personaje de todos los pueblos que no entiende muchas cosas, entendió que "Papá Lando" no le había sonreído y dio mil vueltas. Le era difícil permanecer en un solo sitio. Vio mucha gente con gabán y corbata, y con gabán y corbata también lo cargó.Llegamos. No podíamos hablar todos, pero allí frente a él como si nos escuchara, los que pudimos hacerle le confesamos nuestro amor y le dibujamos nuestra admiración a nombre de los demás. Porque a Lando, sin ser cantante, le hacíamos coro para oírlo cantar. (París se enciende, se enciende París. // Teté Teté, adonde estará Teté, etc.) Porque Lando, sin ser músico, sólo necesitaba su peinilla y una caja de cartón, o una lata o un plato para encontrar "su ritmo" para sus interminables rimas.Porque Lando, sin ser atleta, amó entrañablemente al deporte y con su varita mágica inspiraba su equipo Petatero al que seguía apasionadamente todos los domingos acompañado de Baldí y Miguel Báez como siguió tantas veces a nuestro equipo nacional fuera de Puerto Rico. Porque Lando, sin ser orador, encendía las multitudes con su chispa, su carcajada en medio del discurso y su golpe de zapato en el piso de la tribuna y nadie se movía hasta escuchar su frase final. Porque Lando, sin ser bailarín, al sonar la música era el primero que salía a la pista con "una negrota", frase muy de él y que solía usar con mucha frecuencia y picardía. Porque en la mesa de dominó frente al colmado de Mandy Suárez, le veremos siempre... los sábados por la mañana. Porque su casa era la de todos. Porque jamás consideró a nadie su enemigo. Porque esparció su alma por todos los rincones para que le perteneciera a todos y a todos pertenece. Ya es eternidad.No sé si en algún momento sintió el flagelo de la ingratitud. Pero si lo sintió, como recordó Joe, su yerno, "su corazón era inmenso y perdonó". Con razón dijo Osvaldo Gil, "Lando fue un ser humano irrepelible".Melo y Rafael Hernández Colón depositaron la última flor y sollozaron el último adiós. Al fin lo sembramos. Más o menos a la misma hora al caer la tarde. Cerca del tabonuco y de "mi viejo" que lo esperaban. Porque era semilla de la misma clase: Semilla buena. Y dará buen fruto.Maestro... te nos fuiste así sin avisarnos, pero gracias por el libro que nos dejaste. Te alcanzaremos.
** El autor, para el tiempo que este artículo salió publicado en El Nuevo Día, el viernes 28 de febrero de 1992, era Portavoz de la Mayoría por el Partido Popular Democrático en la Cámara de Representantes.
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